El fútbol no perdona: afuera decide el dinero, adentro todavía decide la pelota. Esa cosa redonda que hace que veintidós tipos con camisetas jueguen, en cada función, como si les fuera la vida. Una ‘contracrónica’ del Boca-River del domingo
Diego Mandelman·10/11/2025

Primer acto: La Bombonera
Se abre el telón. No es un estadio. Es una garganta abierta de golpe: cincuenta mil bocas respirando al mismo tiempo, cada una distinta, todas una sola.
Abajo, sobre el césped, once contra once. Arriba, en las tribunas, se disputa lo que no se ve.
Cada paso hacia las tribunas pesa distinto. Las gradas se llenan de a poco, pero el ruido no respeta ese tiempo. Viene en oleadas que aparecen y se cortan sin razón aparente. Alguien grita algo. Otro contesta. No importa qué se dijeron. Importa que no pudieron quedarse callados. Los cuerpos se buscan en el cemento, se aprietan, encuentran su lugar. Las manos transpiran, aunque el aire no esté pesado. Un cántico nace en algún rincón, se arrastra por las tribunas, se multiplica sin que nadie lo ordene. La cancha todavía no está llena pero ya respira de otra forma. Como si reconociera lo que está por venir. Como si lo hubiera sentido otras tardes y el cuerpo no olvidara.
Una procesión blanca atraviesa la platea: sábanas que caminan, una B roja pintada en cada pecho. El fantasma de la B avanza entre la gente. Nadie pregunta qué significa. Los que saben, lo saben antes de verlo. Los que no, sienten algo afilado que pasa cerca. Liturgia y rivalidad.
El recordatorio es otra cosa. Tiene forma de bandera que se despliega enorme, letras negras sobre blanco: “Eternamente gracias, Miguel”. El nombre flota sobre el estadio. Alguien en la tribuna piensa en quien ya no viene más, en el que estuvo otras tardes y ahora es hueco. El clásico también es eso: lo que se arrastra desde antes y se repite, no igual, pero se repite.
Alguien en la tribuna piensa en quien ya no viene más, en el que estuvo otras tardes y ahora es hueco. El clásico también es eso: lo que se arrastra desde antes y se repite, no igual, pero se repite
Segundo acto: Lo que se dice y lo que se juega
Jorge Valdano o Arrigo Sacchi (nunca se sabe, la verdad anda sin papeles) dijeron que el fútbol es lo más importante de las cosas menos importantes. Quien lo dice jamás sintió el latido de La Bombonera en un superclásico. Para los que participan de la obra, el fútbol no es un juego: es una revancha, o un grito que en otros lados se niega. La posibilidad de ganarle al rival de siempre cuando muchas otras cosas se pierden en el camino. También, además del torneo local se juega la clasificación a la Copa Libertadores.
Afuera, la épica; adentro, la presión. River llega a escena sin margen para el error. Gallardo renovó. River entra a La Bombonera con la necesidad de quien cree tener la escritura en el bolsillo. Pero el fútbol no entiende de escritorios: se define en el pasto. El plantel que prometía un cambio acumula ocho derrotas en diez partidos.
Boca arrastraba algo desde abril. Una derrota 2-1 ante River. Antes de eso, otra caída 1-0 en La Bombonera por la liga. Más atrás, un 3-2 a favor en la Copa de la Liga que había servido para respirar. Los números se acumulaban, pero ninguno cerraba la cuenta. Esta vez no se jugaba solo por trepar en la tabla. Se jugaba por algo que hacía meses que estaba en el aire, que se nombraba en voz baja: la Libertadores. La posibilidad de volver a ese torneo que define quién es quién. Boca necesitaba ganar. No para demostrar nada. Para seguir existiendo donde creía que debía existir.
“Un Superclásico es algo único”, dijo Ander Herrera, que entró en los últimos quince minutos y mostró toda su jerarquía. Tomó el control del mediocampo cuando más hacía falta: debía reemplazar al campeón del mundo Leandro Paredes.
Un rato después, ya fuera de escena, reflexionó:
—Jugué el derbi vasco. Jugué con el United contra el City, contra el Liverpool. PSG contra Marsella. No vi nada igual a esto. Nada que se le parezca.
El asombro de Herrera queda flotando, todavía tibio, mientras la trama continúa.
“Jugué el derbi vasco. Jugué con el United contra el City, contra el Liverpool. PSG contra Marsella. No vi nada igual a esto. Nada que se le parezca”, dijo Ander Herrera
Tercer acto: El partido
La pelota sale de atrás. Un pelotazo sin pretensiones, de los que pasan cien veces y no significan nada. Milton Giménez salta. Paulo Díaz también. Uno gana, el otro pierde. La pelota cae del lado de Boca. Zeballos la baja con el pecho, la acomoda en dos toques. Encara.
Lautaro Rivero intenta seguirlo. El cuerpo responde tarde, siempre un segundo detrás del movimiento que ya ocurrió. El amague lo deja mirando. El disparo sale tenso, pegado al piso. Armani se estira, los dedos rozan la pelota, pero no la desvían. El rebote queda ahí, a medio metro: una segunda oportunidad que pide ser aprovechada.
Zeballos llega primero. Esta vez no hay dudas. Y sí. Ahora infla la red.
1-0.
Justo cuando el primer tiempo se apagaba, cuando a Boca no le salía nada y River empezaba a creer que podía llevarse otro resultado.
En el entretiempo, el técnico mueve las piezas. Quintero entra por Rivero. La línea de cuatro se reordena, pero la estructura tarda en acomodarse. Los jugadores ocupan espacios sin terminar de habitarlos.
Minuto dos del segundo tiempo. Zeballos otra vez. Se despega por la izquierda como si corriera con el viento a favor, aunque Portillo le pisa los talones. Ingresa al área en diagonal. La pelota viaja hacia el centro, baja, precisa. Merentiel está donde siempre estuvo, esperando ese pase que sabe que va a llegar. La toca una vez. La empuja abajo del arco. Armani ya cayó.
2-0.
Boca pegó justo cuando duele: al final de uno, al inicio del otro. Como si supiera, sin pensarlo, dónde lastimar. La segunda mitad transcurre como una espera. Boca desperdicia ocasiones para ampliar la diferencia mientras River apenas construye dos aproximaciones tibias: un disparo de Galarza que se pierde, un cabezazo de Salas que Romero desvía.
El árbitro pide la pelota ocho minutos después. Boca va a la Libertadores. River se hunde en sus dudas, en sus contradicciones; en la distancia entre lo que dice ser y lo que realmente es.
El fútbol no perdona: afuera decide el dinero, adentro todavía decide la pelota. Esa cosa redonda que hace que veintidós tipos con camisetas jueguen, en cada función, como si les fuera la vida.
Porque, en el fondo, se les va, aunque no quieran.
La pelota sigue girando. El telón cae, pero la obra nunca termina.
Esta nota fue publicada por Revista Panenka