Sos alguien que otra persona recuerda de una forma que no se parece a vos.
No importa cuán preciso creas que es tu yo. En algún lado hay alguien que jura que vos le enseñaste a bailar tango, o que una vez te vio llorando en una estación de servicio, o que dijiste la frase más profunda que jamás escucharon (y que nunca dijiste). Podés ser en una misma frase un mito, una anécdota y un malentendido.
Sos el protagonista de una historia que no viviste, pero que alguien repite como si fuera un evangelio menor. Y en esa versión paralela de vos, hacés cosas que nunca hiciste, sufrís dolores que no te dolieron, ofrecés consuelo en momentos que jamás compartiste.
Hay personas que te extrañan sin conocerte, que se acuerdan de vos cuando suena una canción que, según su memoria, te gustaba tanto. Sos una presencia fantasmal en un rincón del pasado de alguien, una figura borrosa en la película de su vida. Quizás te nombran en tono de gratitud, o tal vez con resentimiento. Tal vez te buscan en redes sin saber bien por qué, como si te debieran algo o les faltara algo que solo vos podrías explicar.
Sos más que tu versión oficial. Sos más que lo que vos decís de vos mismo. Sos más que tu versión oficial, esa que vos mismo curaste con tanto esmero y que, seamos honestos, también es una forma de ficción. Porque allá afuera hay versiones tuyas que caminan sueltas, libres, deformadas por el recuerdo, por la emoción, por la necesidad narrativa del otro. Hay alguien que te tiene como punto de inflexión. Que dice “después de conocerlo a él, todo cambió” y vos ni te diste cuenta de que ese encuentro había pasado. Para vos fue martes nublado y medio fresco. Para la otra persona, fue un antes y un después.
Sos historia contada en tercera persona. A veces te exageran, a veces te suavizan. A veces sos héroe, a veces (casi siempre) villano. A veces, en la mayoría de los casos, no sos nada, ni siquiera una anécdota. O sos poco. Nunca del todo real. Nunca del todo vos. Y, sin embargo, en todas esas versiones hay un pedacito de verdad que se filtró, como una gota de tinta en un vaso de agua.
Algo de vos quedó, aunque no sepas bien qué. Hay algo profundamente heroico y gracioso en ser recordado por error. Ser amado o juzgado por cosas que no hiciste. Ser testigo ausente de una escena que alguien reconstruye con detalles que jamás ocurrieron. Pero lo más curioso es que vos también hacés eso. También recordás a personas que no fueron exactamente así. También guardás frases que nadie dijo, momentos que el tiempo editó con licencias poéticas. No sos, ni vos ni yo, inocente en este juego de espejos deformantes.
Quizás la identidad no es un punto fijo, sino una colección de versiones flotando alrededor tuyo. Una constelación de percepciones, intuiciones, recuerdos vagos. Y en esa constelación, ocupás lugares que nunca imaginaste. Sos parte de biografías ajenas, de decisiones tomadas, de canciones escuchadas con el corazón en la garganta. Y quizás eso sea lo más parecido a una forma de “eternidad”: no ser recordado tal como fuiste, sino de cualquier otra forma. O mejor aún: ser olvidado totalmente cada vez que se acuerden de vos.
Este texto pertenece al libro «Cosas que pasan cuando no pasa nada», editado por Ediciones HN