Sobre la escritura como proceso, lo cotidiano como misterio y el yo como enigma narrativo. Una lectura del universo Levrero desde su zona más indócil y luminosa: la conciencia en acción.

Hay escritores que cuentan lo que pasa. Y hay otros —raros, persistentes, necesarios— que se atreven a contar lo que pasa mientras uno piensa en lo que pasa. Mario Levrero pertenece a esta segunda estirpe: la de los narradores de la conciencia, los exploradores de la mente en tiempo real, los que descubren en lo trivial un agujero negro hacia lo esencial.

En sus libros no se persigue una historia: se la esquiva con elegancia, se la olvida con gracia, se la posterga porque el gato pidió comida o porque hay que prender la computadora, pero el cable no aparece. La novela, en Levrero, es una excusa. Lo que importa es la voz. Y esa voz —llena de dudas, fobias, obsesiones, ternuras y manías— nos arrastra hacia un espacio que se parece mucho a nuestra propia mente cuando nadie nos mira.

Es esa forma de narrar el yo como terreno movedizo lo que vuelve a Levrero inconfundible. Lo dejó claro en El discurso vacío (1996), donde empieza con una serie de ejercicios caligráficos para mejorar su letra —sí, su letra— y termina desnudando su conciencia con una honestidad brutal. “Estoy tratando de modificar mi pensamiento modificando la forma de mi escritura”, escribe. Como si corregir una curva en la letra “g” pudiera traerle algo de paz mental.

La operación se repite en su obra póstuma y más ambiciosa, La novela luminosa (2005), donde conviven dos zonas: el “Diario de la beca” —una crónica desordenada, minuciosa, a veces hilarante, a veces desesperada— y una “novela” prometida que nunca termina de llegar. Mientras la beca Guggenheim espera resultados, Levrero nos ofrece digresiones sobre la ansiedad, la televisión, la pereza, los trámites, los sueños y los ruidos del edificio. Y, sin embargo, algo mágico sucede: lo que parecía disperso se vuelve revelador. Como si escribir sin rumbo fuera, en el fondo, la forma más honesta de escribir.

Pero antes de llegar a esa cumbre del yo expandido, Levrero transitó otros terrenos. En La ciudad (1970), París (1970) y El lugar (1982), explora un realismo onírico que recuerda a Kafka, aunque con menos pesadilla y más absurdo doméstico. Sus personajes vagan por espacios vacíos, buscan puertas que no abren, cumplen reglas sin sentido. Son novelas sin mapa, pero no sin clima. Levrero ya estaba entrenando la técnica del desconcierto, pero aún no la usaba sobre sí mismo.

Luego vendría su etapa más lúdica, con obras como Fauna o Nick Carter se divierte mientras el lector es asesinado y yo agonizo, donde el humor absurdo, el policial paródico y la ruptura de toda convención narrativa lo acercan a una suerte de realismo delirante. Allí el autor se burla del lector, del narrador, de sí mismo. “Esta novela no es buena ni mala: es inevitable”, escribe en un gesto de ironía y destino.

Aun así, es en sus diarios, cuadernos y textos confesionales donde Levrero alcanza una profundidad singular. Porque no se trata solo de hablar de uno mismo, sino de hablar desde uno mismo. De aceptar la lentitud, el caos, la disonancia. De escribir con la conciencia despierta, aunque esté de mal humor, con sueño, con culpa. Escribir, incluso, cuando no hay nada que decir.

En Diario de un canalla (1992), apunta: “Yo sólo quería escribir un pensamiento, uno solo, pero verdadero.” Y uno entiende que eso es lo que siempre estuvo buscando: un pensamiento verdadero. No una gran idea. No un concepto brillante. Algo más frágil, más tímido, más esquivo: un pensamiento que no mienta.

Levrero escribió como vivía, o vivió como escribía, no importa. Lo cierto es que hizo de la introspección una forma de narrar, del desgano una estética, del pensamiento errático una arquitectura. Y así nos enseñó —sin querer enseñarnos nada— que una mosca en la habitación puede ser más literaria que un crimen perfecto. Que una biblioteca desordenada, un sueño recurrente, una mala conexión a internet pueden ser escenas tan reveladoras como cualquier clímax. Que el arte de pensar en voz baja también puede ser literatura.

O lo único que realmente lo es.

A veces, cuando no puedo escribir, pienso en Levrero frente a su computadora, acariciando a su gato, mirando el techo, odiando el teléfono. Me acuerdo de que no hace falta avanzar. Que a veces, lo único necesario, es quedarse en el lugar. Pensando. Esperando. Escribiendo como se puede. Con la conciencia encendida, aunque lastime.

Para empezar a leer a Levrero

La novela luminosa: para perderse en su mente.

El discurso vacío: para entender su poética del yo.

Nick Carter…: para reírse del absurdo narrativo.

La ciudad: si te gusta el Kafka rioplatense.

Todo el tiempo: si buscás la ternura sin artificios.