{"id":98,"date":"2019-01-04T17:14:00","date_gmt":"2019-01-04T17:14:00","guid":{"rendered":"http:\/\/aluvionazul.com.ar\/notas\/?p=98"},"modified":"2025-08-31T17:25:28","modified_gmt":"2025-08-31T17:25:28","slug":"los-marcos-de-las-ventas","status":"publish","type":"post","link":"http:\/\/aluvionazul.com.ar\/notas\/2019\/01\/04\/los-marcos-de-las-ventas\/","title":{"rendered":"Los marcos de las ventas"},"content":{"rendered":"\n<p>Nada fue simple ni lineal. Su nombre original era Majer, pero cuando lleg\u00f3 al departamento de Migraciones le exigieron una traducci\u00f3n del polaco al castellano. Por una suerte del destino, si es que hay que creer en \u00e9l, su nombre \u201cMarcos\u201d marc\u00f3 su identidad en m\u00e1s de un sentido. Hab\u00eda nacido en Zwolen, un peque\u00f1o pueblo de Polonia, el 5 de mayo de 1910, en el seno de una familia jud\u00eda de clase media baja que labraba la tierra por encima de todas las cosas. No hab\u00eda podido terminar la escuela primaria porque la necesidad imperiosa de sobrevivir estaba en primer lugar. Poca gente pod\u00eda darse el lujo, en aquel entonces, de alimentar el esp\u00edritu y el est\u00f3mago al mismo tiempo. Al igual que todos los jud\u00edos que pudieron emigrar de los pa\u00edses centrales y orientales antes de que comenzara la Segunda Guerra Mundial, hablaba la lengua germ\u00e1nica, el yidis, que se aprend\u00eda deambulando por las calles.<\/p>\n\n\n<div class=\"wp-block-image\">\n<figure class=\"aligncenter\"><img decoding=\"async\" src=\"https:\/\/historiasnarradas.com\/wp-content\/uploads\/2019\/01\/3-1024x741.jpg\" alt=\"\" class=\"wp-image-256\"\/><\/figure>\n<\/div>\n\n\n<p>En los caminos del pueblo hab\u00eda aprendido el oficio de la sastrer\u00eda y las ideas comunistas. Algunas fotos que atesoraba obsesivamente, fechadas y guardadas, lo mostraban como un joven muy delgado, alegre y de bigote fino. Le gustaba ir al teatro del barrio a ver las obras que realizaban los vecinos. Luego de las funciones, se armaban grandes fiestas y todos se juntaban a cantar, a comer (lo que hab\u00eda) y a bailar. En una de esas noches conoci\u00f3 a Malka, una joven de rasgos finos y ojos verdes, que proven\u00eda de una familia que tambi\u00e9n se ganaba la vida (a duras penas) trabajando la tierra. Se casaron al poco tiempo, en medio del velorio del abuelo de Malka, y establecieron as\u00ed una forma de vida alrededor de la muerte, donde toda ceremonia, festejo o reuni\u00f3n que celebrara la vida estar\u00eda determinada por la memoria de los fallecidos.<\/p>\n\n\n\n<p>A mediados de 1936, para escapar de la depresi\u00f3n econ\u00f3mica y en busca de un futuro mejor, Majer junt\u00f3 dinero y viaj\u00f3 solo a Argentina \u201cpara hacerse la Am\u00e9rica\u201d. Sus intenciones eran probar suerte en una tierra distante y prometedora, de la que se dec\u00eda que hab\u00eda mucho por hacer y donde las puertas estaban abiertas para los inmigrantes. En el pa\u00eds lo esperaban unos primos que hab\u00edan llegado unos a\u00f1os antes y que se encontraban luchando por asentarse en un lugar fuera de su patria. Debajo del brazo atesoraba fotos de su familia, un par de prendas de vestir y un sinf\u00edn de proyectos por realizar. Su padre, su madre, sus cuatro hermanos y Malka lo despidieron con los brazos en alto y con una sensaci\u00f3n de p\u00e9rdida por un lado y alegr\u00eda por el otro. Sus ojos contuvieron los sollozos hasta que zarp\u00f3 el barco; all\u00ed explot\u00f3 en l\u00e1grimas como un ni\u00f1o que se qued\u00f3 sin familia, a la deriva y en medio de la nada. Con el tiempo, esa imagen se repetir\u00eda una y otra vez, de forma difusa y traum\u00e1tica, por la significaci\u00f3n que adopt\u00f3 unos pocos a\u00f1os despu\u00e9s de la partida. Permaneci\u00f3 en alta mar m\u00e1s de cincuenta d\u00edas en un zigzagueo perpetuo que contemplaba tanto el movimiento del barco como el de sus ideas. Tuvo que realizar una parada sorpresiva en Inglaterra para tratarse la vista porque hab\u00eda enfermado de glaucoma.<\/p>\n\n\n<div class=\"wp-block-image\">\n<figure class=\"aligncenter\"><img decoding=\"async\" src=\"https:\/\/historiasnarradas.com\/wp-content\/uploads\/2019\/01\/buque-atlante-1024x641.jpg\" alt=\"\" class=\"wp-image-260\"\/><\/figure>\n<\/div>\n\n\n<p>Siempre dec\u00eda que percib\u00eda, a trav\u00e9s de los marcos de las ventanas, diferentes personas con historias similares. Afuera hab\u00eda solo agua que separaba su pasado de su futuro, en un presente incierto pero esperanzador, basado en ganas que se cristalizaban como reflejos. En ese trayecto de su vida, desarroll\u00f3 un car\u00e1cter introspectivo y se convirti\u00f3 en un observador sagaz, donde su mirada comenz\u00f3 a poblarse de recuerdos que permanecer\u00edan imborrables por el resto de sus d\u00edas. Siempre desde su lugar de trabajo, ya fuera en un caf\u00e9, en un viaje o desde cualquier lugar que tuviera una ventana, le gustaba descubrir el paisaje, sentado con las piernas cruzadas y la mirada fija y ausente hacia afuera.<\/p>\n\n\n\n<p>Cuando lleg\u00f3 a Buenos Aires, la ropa que llevaba puesta le quedaba a\u00fan m\u00e1s grande. Estaba esquel\u00e9tico y perdido. No ten\u00eda idioma ni familia, y en el bolsillo descosido tampoco le abundaba el dinero. Se instal\u00f3 en una pensi\u00f3n y comenz\u00f3 a trabajar interrumpidamente para traer al pa\u00eds a su reciente esposa. Cos\u00eda treinta y tres pilotos diarios, sentado frente a la m\u00e1quina, y se quedaba dormido en ese mismo lugar porque no se permit\u00eda ni un momento de descanso. Se sent\u00eda solo a pesar de la compa\u00f1\u00eda de sus primos. Malka y su familia estaban lejos, y \u00e9l quer\u00eda traerlos a todos. En ese tiempo, lo que hac\u00eda era coser, escribir cartas y tratar de recuperarse f\u00edsicamente. Luego de dos a\u00f1os de intenso trabajo, logr\u00f3 reunir el dinero y, en octubre de 1938, se reencontr\u00f3 con su mujer. Se instalaron juntos en una habitaci\u00f3n de un barrio llamado Villa Crespo y, al mes y medio, Malka (que al pisar el suelo argentino se transform\u00f3 en Matilde) qued\u00f3 embarazada. La panza de su mujer crec\u00eda junto con las esperanzas de reencontrarse con su familia.<\/p>\n\n\n\n<p>En julio de 1939 naci\u00f3 Jorge. Se apuraron a contar las novedades all\u00e1 por el viejo continente. La respuesta lleg\u00f3 en un sobre sellado con el escudo nazi. La carta demostraba excitaci\u00f3n y alegr\u00eda, pero tambi\u00e9n una preocupaci\u00f3n que se incrementaba con el correr de las horas por la situaci\u00f3n que se viv\u00eda. Desde Polonia comentaban que el aire comenzaba a tornarse violento para quienes eran de origen jud\u00edo, pero que esperaban que fuera algo pasajero, como un resfriado. Un hermano de Majer, que quer\u00eda ser escritor, concluy\u00f3 esa nota con un acento anticipatorio: \u201cHermano, pronto nos reencontraremos. No te preocupes. Lo \u00fanico que no tiene l\u00edmites es la estupidez humana\u201d. Esa fue la \u00faltima carta que recibi\u00f3 de su familia. A los pocos d\u00edas, el primero de septiembre, el ej\u00e9rcito alem\u00e1n invadi\u00f3 Varsovia con Adolf Hitler a la cabeza. El diario \u201cDi Presse\u201d, que se editaba en yidis, se\u00f1alaba por esos d\u00edas que: \u201cLa poblaci\u00f3n jud\u00eda est\u00e1 siendo sometida a un terror salvaje. Se est\u00e1n cometiendo actos de tortura y saqueos. A esas medidas le siguieron la marcaci\u00f3n de todos los jud\u00edos y sus tiendas, la introducci\u00f3n del trabajo forzado, la prohibici\u00f3n de permanecer en ciertos barrios y de usar los medios de transporte p\u00fablico\u201d.<\/p>\n\n\n\n<p>Los meses subsiguientes, corr\u00eda con desesperaci\u00f3n buscando alguna noticia alentadora. Nada. Todo era silencio y angustia incontenible. Malka tampoco recib\u00eda novedades. Ambos escribieron numerosas cartas en busca de que alguna informaci\u00f3n desmintiera sus m\u00e1s profundos temores. Hablaron con amigos para ver si alguien sab\u00eda algo de sus familias. Majer miraba por la ventana, buscaba y no encontraba; entonces cos\u00eda y lloraba. Malka le daba el pecho a su hijo, escrib\u00eda y esperaba. Aquellos seis a\u00f1os pasaron en un silencio perpetuo de pesadilla, esperando que alguien los despertara. Majer guard\u00f3 escritos, fotos en blanco y negro (que el tiempo transform\u00f3 en sepia), se abraz\u00f3 a la esperanza y continu\u00f3 trabajando el resto de sus d\u00edas. El ruido de la m\u00e1quina de coser se escuchaba interrumpidamente en el taller de la casa de Antezana hasta que, en enero de 1945, naci\u00f3 su segundo y \u00faltimo hijo, Mauricio.<\/p>\n\n\n\n<p>Con el correr de los a\u00f1os, la ilusi\u00f3n se transform\u00f3 en melancol\u00eda. Era una persona que sonre\u00eda constantemente, pero que, si se hilaba fino, de sus ojos se desprend\u00eda un dejo de tristeza. La imagen del puerto, con su familia achic\u00e1ndose en la distancia, se le hab\u00eda tatuado en la retina. Siempre lloraba cuando le\u00eda una frase escrita detr\u00e1s de una foto de su familia que dec\u00eda: \u201cNo puedo soportar que tras tu muerte el sol siga brillando\u201d; no pod\u00eda entender la indiferencia de la naturaleza ante la tragedia. Mario, uno de sus mejores amigos, lo recordaba en el casino, jug\u00e1ndole al 8 y comiendo ranas fritas. Jorge rememoraba una situaci\u00f3n en la que su padre, en medio de un ataque de ira (que le sol\u00eda dar muy a menudo), estornud\u00f3; \u00e9l le dijo \u201csalud\u201d y, sin pensar, le respondi\u00f3 \u201cno hace falta\u201d. Luego de un rato, se echaba a re\u00edr y se olvidaba de lo que hab\u00eda motivado su furia.<\/p>\n\n\n\n<p>Sin esconder el nudo en la garganta, Mauricio lo recuerda trabajando en la m\u00e1quina, comiendo pan negro con cebolla (a mordiscos) y sonriendo de cara al sol en las playas de Necochea, un lugar de vacaciones obligado. Malka, con una risita contenida y frot\u00e1ndose el dedo pulgar, se acordaba de las peque\u00f1as funciones de teatro jud\u00edo que organizaban en la vida real. Cuando discut\u00edan, \u00e9l agarraba una tijera del taller y amenazaba con matarla. Ella, sin miedo, con la frente en alto y sacando pecho, le dec\u00eda: \u201cDale, m\u00e1teme, si eso es lo que quieres\u2026 es lo \u00fanico que te falta\u201d. Despu\u00e9s de la funci\u00f3n, Malka, con la cartera bajo el brazo, se iba sin avisar durante horas y luego aparec\u00eda con la boca sonriente, sin decir ni una palabra. Esa situaci\u00f3n lo pon\u00eda extremadamente nervioso, una y otra vez, sin importar cu\u00e1ntas veces ocurriese.<\/p>\n\n\n\n<p>Por sus hijos daba todo. Se esforz\u00f3 para que no tuvieran que pasar por las circunstancias que \u00e9l vivi\u00f3. Los incentiv\u00f3 para que estudiaran, tuvieran una profesi\u00f3n y as\u00ed gozaran de la independencia que \u00e9l no pudo tener. Jorge se recibi\u00f3 de bioqu\u00edmico y, gracias a Mauricio, pudo cantar la famosa y conocida frase: \u201cmi hijo, el doctor\u201d. Dec\u00eda que ten\u00eda cabeza de rico con bolsillo de pobre. Se enojaba con las personas a las que todo les sal\u00eda f\u00e1cil y ganaban dinero sin trabajar. Disfrutaba del jazz y de la compa\u00f1\u00eda de sus amigos. Para \u00e9l, era un honor poder invitarlos a comer despu\u00e9s de tanto tiempo de haber pasado hambre. Fumaba a escondidas, pero no se compraba cigarrillos. Dorm\u00eda poco pero seguido. A veces estaba tan cansado que, mientras hablaba, sus p\u00e1rpados se cerraban; en el momento en que el cabezazo lo hac\u00eda salir del sopor, retomaba el relato en la misma parte en la que lo hab\u00eda dejado, como si el tiempo no hubiese pasado. Le gustaba observar los amaneceres casi tanto como tomar caf\u00e9 amargo reci\u00e9n molido.<\/p>\n\n\n\n<p>Ya casi no hablaba polaco. Ten\u00eda un enojo visceral, ese s\u00ed que nunca se le fue. Acusaba al pueblo del silencio y de su participaci\u00f3n en el Holocausto. Nunca m\u00e1s quiso regresar; dec\u00eda que all\u00e1 no hab\u00eda nada que le interesara ver. Las puertas de su casa siempre estaban abiertas y recib\u00eda a sus nietos con golosinas y abrazos. Los sentaba en una silla y les contaba historias mientras les daba de comer en la mesa de los chicos. All\u00ed, su extra\u00f1a pronunciaci\u00f3n era festejada con entusiasmo por los comensales. Jugaba al domin\u00f3 entre gritos e historias de guetos, entre risas y llantos, entre n\u00fameros tatuados en el cuerpo y campos de concentraci\u00f3n. Estaba presente, de forma constante, la tristeza por los que no estaban y la alegr\u00eda que le provocaba el poder vivir.<\/p>\n\n\n\n<p>Siempre sufr\u00eda del est\u00f3mago y todo le ca\u00eda mal. Andaba de una dolencia en otra y se cuidaba obsesivamente en sus comidas. Cuando iba a alg\u00fan casamiento, ped\u00eda el plato que com\u00edan los enfermos y dec\u00eda (sin pronunciar la \u201cerre\u201d y cambiando la \u201ca\u201d por la \u201ce\u201d) \u201cpajarey, por favor\u201d. Luego de un per\u00edodo en el que todos se preocupaban por \u00e9l, se le pasaban los ataques de hipocondr\u00eda y bailaba un rato. Le gustaba dar paseos en auto y que el viento le diera en la cara, pero no le gustaba manejar. En la playa, a la que llegaba a las siete de la ma\u00f1ana, se posaba frente al sol durante m\u00e1s de diez horas. Se pon\u00eda negro y las mujeres le preguntaban qu\u00e9 usaba para obtener ese bronceado. \u00c9l conversaba con todo el mundo, y en especial con \u201clas lindas se\u00f1oritas\u201d.<\/p>\n\n\n\n<p>Ya de grande, pudo viajar por Europa y Am\u00e9rica. Las filmaciones que hac\u00eda en S\u00faper-8 mostraban una c\u00e1mara inquieta, con ganas de capturarlo todo. Hab\u00eda juntado algo de dinero hasta que una cooperativa quebr\u00f3 y se qued\u00f3 sin sus ahorros. Sinti\u00f3 que parte del esfuerzo realizado se hab\u00eda echado por la borda y no lo resisti\u00f3. Su cuerpo le respondi\u00f3 con un infarto. Los m\u00e9dicos, incluso su hijo menor, pensaron que se mor\u00eda. Estuvo internado un tiempo y, contra todo pron\u00f3stico, poco a poco se recuper\u00f3. Sali\u00f3 de terapia intensiva y volvi\u00f3 a su casa. No ten\u00eda esa fuerza ni la respuesta explosiva a flor de piel, pero todav\u00eda pod\u00eda mirar por la ventana y contar sus historias en medio de la cena.<\/p>\n\n\n\n<p>En el a\u00f1o en que el seleccionado argentino de f\u00fatbol sali\u00f3 campe\u00f3n por segunda vez, le diagnosticaron c\u00e1ncer. En los meses siguientes, para detener el avance de la enfermedad, comenz\u00f3 quimioterapia, que lo fue debilitando poco a poco. Dos meses antes de morir, en una de las \u00faltimas cenas en su casa, su nieto menor, de cinco a\u00f1os, le pregunt\u00f3 por qu\u00e9 miraba siempre por la ventana. Mientras la enfermedad lo iba apagando, Majer, con la sonrisa radiante, primero lo abraz\u00f3 y luego le respondi\u00f3 que no quer\u00eda perderse el momento en que llegara su familia de Polonia para agradecerles por todo lo que \u00e9l hab\u00eda podido conseguir gracias a ellos.<\/p>\n\n\n\n<p>Esta nota sali\u00f3 publicada en <a href=\"https:\/\/historiasnarradas.com\/2019\/01\/04\/los-marcos-de-las-ventanas\/\" data-type=\"link\" data-id=\"https:\/\/historiasnarradas.com\/2019\/01\/04\/los-marcos-de-las-ventanas\/\" target=\"_blank\" rel=\"noreferrer noopener\">www.historiasnarradas.com<\/a><\/p>\n\n\n\n<p><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p class=\"post-excerpt\">Nada fue simple ni lineal. 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